Preguntas, respuestas y más preguntas

11 sept. 2017

¿Lautaro no habla? ¿Por qué aun usa chupete? Lo están malcriando, por eso hace tanto capricho. Tenes que ponerte los pantalones y empezar a separar a Lautaro de su mamá. ¿Como es un niño T.E.A? ¿Como es ser padre de un niño T.E.A? ¿Por qué Lautaro tiene autismo? ¿Nació así? ¿Lo vacunaron? Ustedes eran muy grandes cuando lo tuvieron. Lautaro necesita un hermanito. ¿Por qué se chupa las manos? Lautaro es un genio, ¿no? ¿Se destaca en física? Einstein era autista y Bill Gates también, después se curaron

Los niños T.E.A son una incógnita. Si bien comparten “síntomas” o características similares, cada niño es diferente a otro. Por eso se lo denomina TRASTORNO DEL ESPECTRO AUTISTA. “ESPECTRO” que palabra buscaron. De niño los espectros me asustaban por la noche.

ESPECTRO:

1)      Figura irreal, imaginaria o fantástica, que alguien cree ver; especialmente, imagen de una persona fallecida que se aparece a alguien.
2)      Persona en grado extremo de delgadez o decadencia física
3)      Variedad de elementos, tendencias, clases, etc., que forman un todo

En el caso del “ESPECTRO AUTISTA” la opción 3 sería la adecuada. Pero muchas veces nuestra vida es la opción 1



Desde el día que nació Lautaro cambió nuestras vidas. Jamás podíamos imaginar cuanto iba a cambiarlas


Miércoles 20:30
Lautaro se durmió, no había dormido siesta y se durmió. Es el momento de correr a dormir, dormir profundo, dormir fuerte, dormir como nunca antes dormimos

Jueves 00:30
Lautaro se despertó… Es el momento de despertar… Quiero dormir, dormir fuerte… Lautaro ríe en la cama, ríe y grita, grita fuerte. Lautaro no habla, no sabe o no puede o no sabe ni puede… Ríe en la cama. 

Arrancamos a las 00:30


Lautaro no duerme y es normal en los niños T.E.A algunos dicen que hasta la adolescencia o hasta que tengan edad para ser medicados tienen problemas con el sueño


Sábado 14 Hs                                                                                                                                                                         
Lautaro tiene fiebre… Vamos al hospital… hay que darle antibiótico… llora, se lo damos, vomita, llora... Volvemos a intentar… se retuerce, llora, aprieta la boca... Le damos la mitad… se ahoga, hace arcadas… No vomita


Sábado 17 hs
Diarrea… es común por el antibiótico… Hace una dos tres seis veces, lo bañamos cada vez
Se va la fiebre, dejamos de darle antibiótico… Todo vuelve  a la normalidad


Los chicos T.E.A tiene muchísimos problemas de procesamiento sensorial. Pueden ser visuales, auditivos o táctiles. Lautaro solo toma mamadera (leche nutrilon 2 ninguna otra) come yogurt la Serenísima Cremix de vainilla (ningún otro) y serenito de vainilla en pote (ningún otro) de ahí que tomar un antibiótico sabor repugnante con textura arenosa sea el equivalente a arrojarle agua vendita al mismísimo Nosferatu



Lunes 10:45
Entramos a comprar a la carnicería, Lautaro repite la letra I… IIIIIIIIIIIIIIIIIIIII (silencio) IIIIIIIIII
Todos los miran, no entienden, Lautaro hace IIIIIIIIIIIII


Lunes 10:55
Salimos de la carnicería, todos nos miran, se miran, suspiran


Muchos niños T.E.A no hablan. Los que con el tiempo pudieron nos cuentan que entendían todo, pensaban las palabras pero a la hora de transformar ese pensamiento en sonido no podían… Lautaro no habla. Muchas veces repetir un sonido IIIIIIIIIIIIIIIII lo ayuda, lo reconforta. Lautaro no habla y quizás nunca hable


Domingo 16:35
Estamos viendo tele en el living. Lautaro se para, corre a la cocina, vuelve corriendo con una foto, una foto de una mamadera

Domingo 16:37
Lautaro toma su mamadera sentado en el sillón


Lautaro se comunica. Para comunicarse usa todo recurso que tiene a su alcance. Señas, manos, gestos y un aliado fundamental:
El sistema pecs (en inglés Picture Exchange comunication system) consiste en fotos de cosas u acciones que Lautaro quiera comunicar. Gracias a dios Lautaro se comunica

Pasaron 2 años desde el diagnosticado, dos años que le pusieron nombre a la desorientación, desorganización y caos en la cual está sumida nuestra vida. El 90% de las preguntas no tiene respuesta. O en realidad todas tienen la misma respuesta:


¿Lautaro no habla? Tiene autismo.
¿Por qué aun usa chupete?
¿Tiene autismo Por qué se chupa las manos? Tiene autismo
¿Lautaro es un genio, no? Tiene autismo 
¿Se destaca en física? Tiene autismo


Dejame hacerte algunas preguntas:


¿Alguna vez tuviste a tu hijo de dos años anestesiado en tus brazos para hacerle una tomografía de cerebro? ¿O con anestesia total para hacer un estudio de audición?
¿Alguna vez estuviste despierto de madrugada habiendo dormido 3 horas la noche anterior porque tu hijo no puede dormir? ¿Te sentaste a desear tu muerte, la de él y la de tu esposa pensando que quizás sea lo más hermoso que pueda pasar y de una puta vez descansar? ¿Tuviste miedo de morir y no haber podido lograr que tu hijo pueda valerse por sí mismo y no termine en una institución mental? ¿Pensaste en salir corriendo  a las 2 am para no volver nunca más? ¿Sentiste culpa por pensar todo eso y mucho más?



Yo… si

No hablemos de inclusión

30 ago. 2017

La inclusión no es poner una rampa en la entrada de un edificio.
No es escribir libros sobre inclusión ni comprarlos.
Ni asistir a seminarios.
La inclusión no es una cátedra que se dicta en la universidad. No es un manual que dice Inclusión: Abordajes 1, 2 y 3.
La inclusión no es una idea. Es una acción. Se hace. No se piensa en ella.
"Ahora voy a incluir a tal y a tal"

La inclusión no es una palabra poderosa para potenciar un discurso. Ni es una fuente de inspiración. Ni es una aproximación novedosa producida por la globalización.

La inclusión no soy yo hablando de inclusión. Ni ustedes leyendo.

Cuando Lautaro comenzó el jardín en marzo, tuvimos una reunión de padres previa al inicio de clases. Ahí conocí a las mamás y papás de sus compañeros. Y les conté sobre el autismo de Lautaro.

No les hablé de inclusión. Sólo les hablé de autismo. Y de qué significaba, de la manera más simple y clara que pude, para que ellos pudieran contarle a sus hijos cuando preguntaran.

Y también les dije que iba a estar todo el año disponible para responder preguntas. O lo que se les ocurriera. Que no me dolía hablar de autismo ni me molestaba ni me enojaba. Que me preguntaran cualquier cosa. Lo que fuera. 

Les puedo asegurar que ningún padre o madre de los compañeros de mi hijo fue jamás a una charla sobre inclusión. Y les juro que la maestra de Lautaro tampoco. 

Sin embargo, el primer día de clases todos ya sabían que Lautaro era ese nene que estaba ahí con su mamá y quería abrir esa puerta. Sus padres les habían hablado de ese nene. Y estoy segura que ninguno les dijo que lo tenían que incluír.

Sí les habrán dicho que no hablaba. Que tal vez a veces no hiciera caso. Que necesitaba un poco más de ayuda que ellos.

Los compañeros de Lautaro no saben qué es la inclusión. No tienen la más puta idea. Tienen 4 años y no leyeron ningún manual. 

Pero Lautaro es ese nene al que todos rodean cuando hace falta. Cuando hay problemas. Cuando llora sin parar o pierde un juguete. Lo dejan pasar en la fila del tobogán. Lo visten a la salida. Lo abrazan y lo besan. Chau Lautaro.

Y me encuentran en algún pasillo y me dicen "Hola Cintia. Lautaro no habla pero igual yo le entiendo".

La inclusión sucede. No es un artilugio complejo. Sucede sólo cuando somos amables, espontáneos, honestos. La honestidad no es bondad. Es honestidad nomás.

La inclusión es una acción que no habla de inclusión. Habla de soportar al otro que no soy yo y que no hace lo que yo quiero ni dice lo que yo quiero. Es soportar mi existencia y la ajena.

La inclusión sucede cuando nosotros estamos incluídos en la ecuación. Cuando no miramos una historia desde afuera. Cuando somos protagonistas con el otro.

No. Hablar de inclusión no es incluír.


Hablar de inclusión es sumar palabras inútiles a realidades complejas.


Si no te incluís nunca vas a pertenecer al universo de los excluídos.

Si no te preguntás por qué están excluídos, no quiero que leas más.



Porque así como la inclusión no se enseña, tampoco se explica.

La revolución

16 ago. 2017

Cuando nació Lautaro además de convertirme en una víctima de las hormonas sentí que había dejado de pertenecer al mundo en que vivía y me adentré por completo en el universo infantil.  Vivía todo con la intensidad de un chico. Entendía todos los gestos, todos los dolores, la lucha desesperada por conseguir alimento, abrigo, cobijo de mamá y silencio.

Asumo que lo que me sucedió fue que retrocedí a las sensaciones de mi infancia. Pude volver a sentir como había sentido y como había dejado de sentir.

De algún modo crecer es aprender a regular nuestras pasiones desaforadas, nuestros impulsos primarios, nuestros caprichos extremos, para poder coexistir con los otros. O al menos, eso creo.

Recuerdo que los niños por la calle de pronto se me acercaban y me abrazaban. Los chiquitos en la plaza me pedían upa o que los ayudara con los juegos. No había bebé que no me sonriera. Evidentemente mi energía maternante estaba por completo en sintonía con la niñez. Y mi energía de niña estaba tan ahí, tan cerca, que veía y hasta podía oler el sufrimiento de los chicos por los más mínimos roces.

A pesar de la intensidad, ese mundo me parecía el único posible. El único que quería habitar. Por un momento pensé en quedarme a vivir ahí. El universo de los adultos me parecía estúpido, violento, insensato.

Y me quedé ahí mucho tiempo. Tal vez más del recomendado. Estaba segura. Había encontrado un buen lugar.

Mucho tiempo más tarde, no sé si dos años, tal vez un poco más, recuerdo que me empecé a sentir incómoda. Apretada, un poco ahogada. No entendí al principio qué era lo que me pasaba. Miraba a mi alrededor y no entendía las señales.

El ahogo era interno. Estaba dentro de un baúl imaginario que me empezaba a quedar chico. Lautaro estaba entrando en otra etapa de su desarrollo y yo evidentemente también.

Fue el momento de salir y volver a vivir en mi mundo. Ya no del mismo modo, claro. Ya nunca más con los mismos ojos, ni con los mismos sentimientos, pero sí encarnando mi lugar con mis cosas, con mis experiencias y con mi rol asumido.

Soy madre. Soy una mujer adulta. Fui niña alguna vez. Hice las paces con eso. Con lo que pasó y con lo que no pasó y era momento de seguir adelante.

La imagen de salir del baúl no es casual.

Hace un tiempo conté que en mi barrio, el barrio en donde me crié, vivía un chico con autismo que siempre estaba encerrado en su casa.

Me pregunto qué pasaba mucho antes de eso. No con él. Con la discapacidad en general. Con la enfermedad. Con las personas que nacen con algún tiempo de malformación. Con la gente que tiene un accidente y queda desfigurada. Con quienes nunca llegan a hablar. Con los que no ven.

¿Qué pasaba hace 100 años atrás con ellos?

¿Qué pasaba hace 40 años atrás con ellos? ¿Qué hacía la gente que compartía vida social con la discapacidad?

¿Qué pensaban? ¿Qué sentían?

¿Qué sentían las personas con discapacidad?

¿Qué sienten hoy?


Creo que hace un tiempo, no mucho, las personas con dificultades pudieron comenzar a hablar por ellas mismas. Aún las que no tienen voz. Aún las que no pueden gritar.
Creo que hace un tiempo, no mucho, comenzaron una revolución.

No fuimos nosotros. No fuimos los padres, los maestros, los terapeutas, las organizaciones, las leyes.

La fuerza viene al revés. Primero hay algo que irrumpe en la realidad tal como estaba y la desarma.

Y a partir de eso, todo debe reacomodarse.

Sospecho que cansados de ser tomados como una cosa, como un objeto, como un problema a resolver, como un castigo, como una existencia sagrada, como sujetos obligados a ser un ejemplo para todos. Cansados de padecer el doble discurso que los rodea, la hipocrecía de quienes debieran ocuparse por su bienestar de manera global, decidieron romper la tapa del baúl.

Y nos sacudieron a nosotros. A los padres, a los vecinos, a los amigos, a los burócratas, a los maestros, a los indiferentes, a los empáticos.

Nos empujaron, nos obligaron, nos mandaron al frente a dar una batalla.

Porque parece una exageración, pero no he conocido nada más parecido a una batalla que pelear todos los días por el reconocimiento de derechos, por la aplicación de leyes, por corregir la mala educación de quienes nos y los rodean, por explicar a quienes ignoran y educar a quienes injurian.

Fueron ellos. Son ellos y no nosotros quienes rompieron el sentido de las cosas tal y como estaban.

Cansados, hartos de ser llevados de acá para allá sin tener opinión ni voto al respecto.


Por supuesto que ustedes van a pensar que falta mucho.

Al mundo le falta mucho porque por alguna razón ha desaprendido que las cosas diferentes son parte de la naturaleza.

Vaya uno a saber qué nos pasó. Qué creíamos que podíamos hacer con la realidad. En qué cosas andaríamos pensando. Por qué nos perdimos. Por qué quedamos tan lejos de la vida real.


Durante mucho más tiempo del debido, hemos desechado la diferencia, aspirando a una igualdad que no nos perturbara, que pudiéramos manejar.


La diferencia es difícil. Cuesta muchísimo entenderla, tratarla, aceptarla, sostenerla.


Mi hijo, Lautaro, tan diferente, tan difícil de entender, tratar, sostener, aceptar, resulta ser un desafío constante que debo enfrentar. Todo el día de todos los días.


Debo acompañarlo porque él rompió la tapa de mi baúl. Del baúl del que no me hubiera gustado salir.


Me exige y me enfrenta todo el tiempo con una realidad furiosa, descontrolada.


Eso están haciendo los diferentes y se lo merecen. Por fin han podido empezar a romper cadenas. Las suyas y las nuestras. Las nuestras, en especial, para que nos sacudamos el polvo y gritemos con ellos y por ellos.


Nos están llevando hacia su liberación, hacia la realidad de la integración y de la aceptación de que la vida es como es.


Los cambios nunca son sencillos ni amables ni tranquilos.


Son a trompada limpia.

Volver a mí

1 ago. 2017

Hace un tiempo siento que estoy preparada para volver a mí. Un poco, no demasiado. No hay lugar para el demasiado y sinceramente he perdido el rumbo de una manera tan concreta en estos cuatro años que no me queda otra que literalmente empezar todo de nuevo.

Todo de nuevo es volver a lo básico ¿qué me gustaba comer? ¿qué me gusta ahora? ¿qué me gustaba hacer cuando tenía tiempo, cuando hacía un plan y podía cumplirlo? ¿a dónde iba y con quién? 

Todas las mujeres madres tardan en encarrilarse luego de la llegada del hijo. Algunas lo resuelven rápidamente: por obligación o por gusto, 45 días luego de parir ya están intactas en sus oficinas, tomando decisiones y hablando de cosas que no están relacionadas ni con lo mucho que le dolieron las tetas o los ruiditos que hace el bebé mientras duerme. Las he visto. Asombrada. Muy asombrada, lo admito. Nunca me atreví a preguntarles si sentían eso que hacían o lo hacían porque lo habían hecho siempre y necesitaban un espacio conocido que las albergue ante el huracán de la maternidad y el puerperio.

Algunas, a pesar de no retomar las tareas que hacían antes de, deciden mandar al niño a la guardería desde el principio. Para poder tener un tiempo para ellas y descansar un par de horas por día. Que otras manos lo tomen para poder soltarlo y relajar.

Muchas mujeres no tienen otras opciones más que estas dos últimas juntas: tienen que volver al trabajo y dejar al bebé al cuidado de otro. Listo, se terminó.

He visto sufrir mucho a las mujeres en el momento de la separación. 

Hay de todo en juego y todo juega al mismo tiempo: las hormonas, que el padre de la criatura que muchas veces no comprende por qué lloramos sin parar si no está sucediendo absolutamente nada, el despegue corporal real de nuestro hijo que va a parar a manos de otro u otra, la culpa, la sensación palpable de perder la razón por momentos. De no poder parar la cabeza ni siquiera para hacer una suma simple o pagar la tarjeta de crédito. El mundo que sigue como si nada. El mundo de ellos. El nuestro, bueno.. ha cambiado para siempre y jamás volverá a ser el que era. No importa cuánto tratemos de reproducir nuestro antes de, jamás será exactamente igual. Y esto es causado exclusivamente gracias a la existencia del niño. Ni más ni menos.

A veces pienso que una situación tan tajante puede ser utilizada a nuestro favor: es el momento para barajar y dar de nuevo.

Aprovechando la locura hormonal y los estragos en nuestra posibilidad de descansar, podemos redefinir ciertas cosas. A veces usando como excusa el "es que acabo de parir" y otras simplemente porque sí, porque ahora digo que eso que me gustaba ya no me gusta más. O eso que me hacías ya no quiero que me lo hagas. O eso que yo hacía, quisiera ya no hacerlo.

Como si fuese una mudanza a una casa vacía, en donde podemos volver a elegir cómo amueblarla, qué platos comprar, qué mesita y cuántos resortes va a tener la nueva cama. Qué cortinas van a resguardar nuestra intimidad. Y si volvemos a elegir un piso alto y aprovechar la luz y el viento en la terraza o decidimos la planta baja porque no queremos ver más ascensores y escaleras en toda nuestra vida.

Yo me he perdido por completo. Y este por completo es real. Hay cosas que ya no voy a volver a hacer. Hay gente a la que estoy mirando con cuatro ojos porque no me termina de cerrar ese comportamiento que seguro tuvo siempre y recién ahora puedo distinguirlo. Hay cosas que no voy a perdonar. Hay decisiones que voy a tomar. No ahora, más adelante.

Si hay algo que aprendí en la vida es que nunca hay que tomar decisiones importantes en un momento turbulento. Siempre hay que esperar que pase y luego, si la decisión sigue en pie, tomarla. Con calma y pensándolo.

Hace 10 días fuimos a un nuevo control neurológico de Lautaro. Y yo, que pensaba que iba a estar contento con los avances del niño, me encontré con un doctor enojado. ¿Por qué? Porque el niño está extremadamente cubierto, con un equipo terapéutico que lo sostiene y lo ampara. Él avanza y no hay nada que cambiar. Ni una coma. Pero los padres del niño seguimos igual que hace 4 años.

Digamos que un poquito mejoró su sueño (un poquito chiquito mínimo). Pero lo que no mejoró nada es nuestra vida de individuos que tienen que vivir más allá de su hijo y sus circunstancias.

Para el neurólogo es tan importante que Lautaro se comunique tan bien como lo hace como que sus padres se vayan a cenar solos una vez por semana.

A él ya no le importa el niño solamente. Está encaminado. ¿Pero los padres?

No lo logramos todavía. 

Un poco me empecé a ordenar cuando empecé el tratamiento con la psiquiatra en diciembre. Y emocionalmente estoy mucho mejor. Más sólida, más relajada, más clara. Me enojo menos. Puedo pensar.

Pero no sé para dónde ir. No recuerdo qué me gustaba hacer antes de. Sinceramente. ¿Qué hacía con mi vida además de trabajar? Ni idea.

¿Quiero volver a trabajar en la radio haciendo lo que hacía? No.

¿Qué estaba haciendo antes de quedar embarazada? Estaba cursando el CBC. Lo dejé cuando me enteré del embarazo. Me quedaron pendientes dos materias.

Hace una semana, sin pensarlo demasiado, entré a la web de UBA XXI. Ingresé al sistema. Contesté un cuestionario. Ví qué materias había disponibles en el segundo cuatrimestre. Me fijé cuáles son las dos que me faltan. Encontré una: sociología. Hice click y me anoté.

Lo hice sin pensarlo.

Cuando cerré sesión me quedé sentada frente a la computadora mirando la pantalla. ¿Qué acabo de hacer y cómo voy a resolverlo?

Ni idea.

Pero ya aprendí que no hay una situación ideal en la vida en la que uno esté lo suficientemente ordenado como para hacer ciertas cosas. Cosas como seguir viviendo por ejemplo.

En casa seguimos durmiendo como el orto.

Pero yo, sin saber en qué va a terminar todo esto, acabo de tomar una decisión por mí y en 2 semanas empieza la cursada virtual.

Y listo.

¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que me vaya mal porque no llego a estudiar? Y bueno... probaré otra vez.

No puedo tomar decisiones largas. Sinceramente, la vida que tengo no me lo permite.

Entonces vamos por las decisiones cortas.


Que son las posibles.

Y si son un poco así, sin pensarlas demasiado, mejor aún.



Pastillitas de colores

4 jul. 2017

Hacia fines del año pasado, luego de tener confirmada la vacante del jardín de infantes, las terapias completamente organizadas (incluso con el cronograma de verano), la AT viniendo a casa a quedarse con Lautaro unas horas a la mañana para que yo pudiera tirarme en la cama y hacer nada.. pensé que finalmente iba a comenzar a sentirme bien. Más aliviada. Más relajada y contenta. Definitivamente lo grueso de la contención de Lautaro estaba organizado casi por completo. Sólo quedaba lidiar con él diariamente, pero a eso ya casi estamos acostumbrados.

Sin embargo, me sentía horrible. Muy cansada. No me podía relajar. Cada vez estaba más aturdida y más triste.

Me preguntaba: "Realmente no entiendo que pasa. Llegué a un lugar donde me costó mucho (tal vez demasiado) llegar. ¿Qué me pasa que me siento cada vez peor?"

No tuve respuesta. Claro. Por lo menos, no inmediata. Sólo empeoraba cada día. Mi ánimo estaba deshecho y no tenía ganas de nada. Ni siquiera de tirarme en la cama a mirar el techo.

Me sentía confusa, incómoda, con la sensación de que tenía mil cosas pendientes. Y la verdad es que tenía algo pendiente, sólo que no me daba cuenta. Hasta que de pronto, lo entendí:

Finalmente había ordenado todo a mi alrededor para poder caer por completo. Pero todavía no había caído.

Muchas veces he escuchado a la gente decir "Tengo tantas cosas que hacer que no tengo tiempo para enfermarme. Enfermarme o deprimirme es un lujo que no me puedo dar".

Exacto.

Bueno, exacto en cierto sentido. Pero el trasfondo de esto es que enfermarse o deprimirse puede no ser eso necesariamente, sino más que nada, finalmente llegar a un lugar límite en donde en lo único que podemos ocuparnos es de nosotros. Como si hubiéramos preparado la vida a nuestro alrededor para que todos pudieran prescindir de nuestra presencia.

Que todo siga más o menos funcionando, pero que tengamos la posibilidad de salirnos de la escena.

A muchas personas, que son mucho más sabias que yo, esta revelación les llega antes. Es decir... antes de colapsar. Antes de que el cuerpo les ponga un límite. Antes de enfermar. Antes de que tengan que parar porque sencillamente se terminó: no hay más soga.

Bueno. Lo que pasó es que en noviembre de 2016 se terminó para mí. Mi cuerpo me cortó la soga, después de que secretamente le haya dejado el espacio de mis obligaciones casi organizado.

Empecé a tener ataques de pánico. En general, no soy una persona que los haga a menudo, pero alguna que otra vez me ha pasado: esa sensación de adrenalina que sube desde el estómago a la cabeza, un malestar y una debilidad generalizados y la inminente sensación de que voy a perder el control de mi cuerpo y desvanecerme.

Empezaron de a poco. Uno o dos al día la primera semana. Algunos más la segunda. Y para la tercera semana ya tenía unos ocho o nueve ataques de pánico diarios.

Fue enloquecedor. Imparable. Ya no alcanzaba ni rezar ni respirar, ni pensar en otra cosa, ni nada. Habían invadido mi vida y ya no supe más que hacer.

Entonces, llegó el momento en que tuve que tomar una decisión. Una decisión que no quería tomar porque me daba mucho miedo. Y también me daba vergüenza. Y miedo otra vez: hacer una consulta con un psiquiatra.

Mi psicóloga trabaja con un grupo de psiquiatras y el día en que hablamos del tema y le dije "Bueno, hagámoslo" se puso en movimiento de inmediato. Esa misma tarde hablé con Florencia, la doctora, y al día siguiente la fui a ver.

Le dije que necesitaba que apagara el fuego. Literalmente me había prendido fuego. Estaba interferida por completo por un ruido constante que me estaba volviendo loca. El ruido no era audible, pero era masivo.

Era como la permanencia ininterrumpida de un taladro metafórico deteriorando mi capacidad de pensar, de razonar, de respirar.

Lo había invadido todo y me estaba arrastrando. Ya ni sé dónde me llevaba, pero entendí que no podía pararlo sola.

"Sacame el ruido, Florencia" le dije.

¿Por qué no tomé antes esa decisión? Por prejuicio. Por vergüenza. Por ignorancia. Por miedo a estar empastillada toda mi vida. Por miedo a que las pastillas que tomara hicieran todo por mí; yo empezara a funcionar otra vez y ya no pudiera vivir sin ellas.

Por miedo a seguir tomándolas dentro de 30 años.

Florencia me dijo que entendía perfectamente lo que le planteaba, pero que no sólo íbamos a ir de a poco, sino que las pastillas nunca harían algo que yo no fuese capaz de hacer por mí misma. Que lo único que iban a ser era sintonizarme el dial.

No le creí. Pero estaba tan tan desbordada que acepté y a la salida compré la medicación. Llegué a casa y tomé lo primero que me había indicado.

A la media hora logré (creo que por primera vez en estos cuatro años) sentir alivio.

Era yo misma, pero con 500 kilos menos de lo que el autismo de Lautaro me había puesto encima. Y con 500 kilos menos de lo que yo había podido hacer con él.

El tiempo fue transcurriendo. Hace ya seis meses que estoy en tratamiento. Al menos dos que ni noticias de malestar físico ni ataques de pánico. Pude reducir la medicación inicial a un tercio. Me siento más despejada. A veces puedo pensar con claridad. No me enojo tanto. Tengo más paciencia, en especial conmigo. Mido diferente el tiempo y priorizo algunas cosas sobre otras.

Mi casa sigue siendo el mismo lugar caótico de siempre. Y Lautaro y nosotros seguimos sin dormir demasiado, pero a veces puedo sentir que no voy a morir. O que no quiero morir. Puedo dejar de hacer algo cuando veo que va a sobrepasarme. Elijo con más cuidado.

Y pienso que lo que me alejaba de este principio de bienestar era el miedo a lo que pensaran de mí. Es decir... los prejuicios de los demás. Y los míos.

El prejuicio que tenía sobre pedir más ayuda me estaba alejando de todo lo que podía darme más herramientas para sobrellevar esta vida compleja.

Y ahí me dí cuenta que el prejuicio más peligroso era el mío contra mí, que cualquier prejuicio que viniera de otro.


A veces culpamos al enemigo equivocado ;)


© La Aventura Diferente Maira Gall.