La vida en pausa

17 abr. 2020

Ya no sé cuántas veces escuché en este último mes "cuando todo esto pase". Cuando todo esto pase, nos vemos. Cuando todo esto pase, vamos a hacer eso que íbamos a hacer pero justo pasó esto y no pudimos.
Por momentos pienso que es la excusa más validada de todos los tiempos. Eso que postergamos siempre, eso que no tenemos ganas de hacer, o coraje o simplemente esas personas a las que podríamos ver si quisiéramos realmente, quedan debidamente postergadas porque "viste.. ahora no se puede, pero cuando todo esto pase".
Al principio, ya no sé hace cuánto, tuve la sensación de que algo se había puesto en pausa. Que se había abierto un gran paréntesis imaginario y obligatorio a la vez. Que de una vez y no sé hasta cuándo era momento de parar el giro del mundo de un día para el otro. Sin preparación, sin anticipación (salvo esas noticias que llegaban por suerte de un lugar tan lejano que jamás podrían tocar nuestro cuerpo, cambiar nuestras vidas, representarnos un castigo, un dilema, este desconcierto).
Pero se fue acercando. En un momento a la gran civilización. "Es que no tienen luz" me dijo hoy mi hermana. ¿No te das cuenta de que el viejo continente casi no tiene luz?
A veces miro noticias de lo que está pasando en el mundo exterior. Estoy encerrada hace más de 30 días con mi hijo y es mi marido la única referencia diaria y concreta de cómo se vive fuera de esta casa.
Parece que afuera ya no es igual. Por momentos me olvido de cómo era salir a la calle. Dudo de muchas cosas. ¿Qué hábitos adquiridos en esta nueva forma de vida voy a conservar? ¿Todos? ¿Algunos? ¿Cuántas veces voy a mirar con terror a alguien que tose si es que alguna vez vuelvo a salir?
Por momentos es cómodo estar acá. Estoy con mi hijo. Pasamos los días más tranquilos de lo esperado y tenemos un salvador que nos provee de lo necesario. Nos reímos cuando le digo a Eduardo que se convirtió definitivamente en el héroe proveedor y valiente que todos los días se arriesga por nosotros para traernos lo que necesitamos.
Para traernos cosas que todavía existen allá afuera.
¿Cambiaron los hábitos del consumo de vida virtual?
No. Sólo se acrecentaron.
Los chicos se ven con sus compañeros de colegio, se ríen mucho en clases computadas y los maestros silencian a todos porque definitivamente el quilombo virtual es más descontrolado.
Bueno, es que la mayoría de nosotros está en piyama hace tantos días que es esperable que nos comportemos con la rebeldía y la liviandad de estar en nuestras casas mirando cómo sucede la vida interior de aquellos a los que hace poco tiempo solíamos empujar en el recreo, sacarle la lengua, merendar en su casa.
¿Tienen la sensación de que la vida se puso en pausa? ¿Entre paréntesis? Que la promesa metafórica de nuestra vuelta a las calles se aleja cada vez más y la vida comenzará otra vez cuando pisemos la vereda, cuando tomemos de la mano a nuestros hijos camino al colegio, cuando nuestros compañeros de oficina nos digan ¿te traigo un café?
La vida no está en pausa. Esto es la vida también.
No estamos pausados: estamos flotando en una realidad paranoica, estamos convirtiéndonos en la imagen del vaivén emocional más elemental. No sabíamos que un día iban a encerrarnos. Incluso para nuestro propio bien. Una penitencia que implica un cuidado mayor. Un acto de amor y compasión porque Eduardo no puede quedarse en casa. Porque mi hermano tampoco puede y porque mi sobrino de 9 años está tan desorientado, aburrido y harto de sí mismo que nos manda cientos de mensajes por día.
"¿Qué hacés tía? Contame qué hacés."
"Estoy limpiando la casa, Lautaro mira los dibujitos"
"Bueno, me tengo que ir porque estoy ocupado"


Quiero saber si alguien realmente piensa que esto va a pasar.

O si esto está pasando.

No hay comentarios

Publicar un comentario

© La Aventura Diferente Maira Gall.