Me quedé corta

26 sept. 2017

Lautaro empezó el jardín el 6 de marzo. Terminamos su adaptación hace unas 3 semanas. Esto significa que recién hace 3 semanas pude finalmente salir del aula. La secuencia era: entraba con él al aula, me sentaba en un rincón, él jugaba un ratito con Aye (su maestra integradora) y nos volvíamos a casa. Después de las vacaciones de invierno tuvimos una larga charla con su psicopedagoga y dijimos "ya está: conoce el lugar, no le resulta una amenaza, conoce a la maestra de la salita, a la chica que abre la puerta, la rutina de vestirse para ir todas las mañana, el camino que hago para llevarlo. Conoce los ruidos, el timbre, dónde queda el patio para jugar en el recreo. Listo. Ahora empieza la adaptación común y corriente. Lo dejo con Aye y que llore lo que tenga que llorar".

Así fue.

Primero 10 minutos. Luego 20 y no hizo falta más. Entendió que yo siempre iba a volver. A los pocos días ya se quedaba 2 horas sin problemas y no lloraba cuando lo dejaba dentro de la salita y le decía "te amo, chau".

De todos modos, como Lautaro es un poco impredecible, las primeras semanas me quedaba en la escuela. Hay un banco en la entrada frente a la puerta (del lado de adentro). Así que ahí me quedaba. En general, Aye me iba diciendo "está muy bien" o "lo dejo un poco más porque ahora estamos con las témperas".

La verdad es que el fin de la adaptación de Lautaro significó algo bien diferente para mí. Sin querer, sentada en ese banquito, quedé inmersa en las entrañas del movimiento interno de una primaria. Por supuesto, esta primaria no son todas las primarias ni el colegio público donde va Lautaro son todos los colegios públicos pero bien valió este descubrimiento para hacerme pensar.

Hay un chico en la escuela. No sé cómo se llama. Va y viene por los pasillos de la primaria pateando y rompiendo cajas y los tachos de basura. Cuando el ruido es demasiado fuerte alguien sale de alguna de las puertas a gritarle. "Basta nene". El nene no para. A veces, la mayoría, tiene a su lado a un chico alto y flaco, vestido de maestro, mayor de edad. A veces están sentados en unas sillitas que también están en el pasillo. Pero en general, lo único que hace este nene es correr. Pegarle al aire o a las cosas. Desarmar las carteleras. "Basta nene. Basta". En un momento el chico que abre la puerta hace entrar a quien parece ser el papá. El nene lo saluda efusivamente. Se lo lleva hasta el otro día. 

El otro día no es muy diferente. El nene corre, rompe todo lo que puede. Habla con el muchacho que está con él. Se sientan. A veces comen algo juntos. Si hay mucho ruido "Basta nene".

Por supuesto, no aguanté la curiosidad y le pregunté qué significaba todo eso a Male. Male es la celadora de jardín de infantes. Es todo amor. Y me cuenta:

- "Ese nene está en tercer grado"
- "Jajajaja... ¡No está en ningún grado!
- Bueno.. es una forma de decir.. Lo van pasando. No lo quiere nadie. Las maestras lo odian porque desordena la clase. No sé qué hace ese chico que está con él pero lo acompaña. Lo dejan en el pasillo para que no moleste. Y cuando se pone demasiado violento, llaman al padre y lo viene a buscar.


Ayer leía la nota de la nenita de 9 años que intentó suicidarse porque era maltratada en el colegio. ¿La leyeron? Está acá: Click


Y pensaba... cuando las madres de niños con discapacidad hablamos de inclusión somos miradas como las hinchapelotas más hinchapelotas del planeta. "OOOOOOOOOOOOTRA VEZ ESTA MINA HABLANDO DE INCLUSIÓN Y DE INTEGRACIÓN ZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZZ".


Tengo malas noticias. Pésimas. Horribles. Para todos. Para mí y para vos. Espantosas. Lo lamento. Te juro. Lo lamento en el alma.

La integración y la inclusión no se limitan a la discapacidad. La exceden por completo. Hablan de incluír a todos. A los tuyos también. A meter a todos adentro. A que todos los padres puedan ayudar a que eso suceda. Y también debemos ser los padres los que estemos dispuestos a escuchar cosas difíciles.

Muchas veces se piensa que sólo los padres de niños con discapacidad somos los negadores. Los que no podemos soportar que nos digan que nuestros hijos son difíciles.

¿Alguna vez vieron a un padre aceptar alegremente que su hijo fue el que le pegó a otro chico sólo porque era gordo, por ejemplo?

¿Ese padre fue capaz de NO decir "lo que pasa es que ese chico...."?

Los adultos muchas veces no tenemos demasiadas opciones. En cuestiones en las que la vida nos pide estar a la altura de las circunstancias debemos crecer.

Los chicos son chicos y nosotros somos los grandes.

Cuesta, pero es así.


Hace falta recorrer mucho camino. Especialmente mucho camino interno. Ver quiénes somos. Soportarnos a nosotros mismos. Poder ver quiénes son nuestros hijos. Entender que son niños. Ayudarlos. Amarlos. Integrarlos a nuestra vida tal y como son.

La vida es compleja para ellos también. Ayudémoslos a crecer.


A veces pienso que al final Lautaro tiene suerte.  


Lo ven como si fuese un desvalido y tiene tanta contención que no sé si no está más desvalido el que mira...



3 comentarios:

  1. Comparto totalmente. En el grado de Bauti los nenes tienen peleas como todos los nenes, pero ningún papá permite que hagan diferencias entre sí por sus propias diferencias. Cuando Bauti recién entro que apenas hablaba y era un gran desastre eran esos mismos papas los que me llamaban porque se juntaban en el pelotero. Los nenes si veían que no se animaba a subir a lo alto del pelotero lo llevaban de la mano. Esos mismos nenes fueron los que se enojaban porque Bauti todavía tenía maestra integradora y el era muy inteligente y no era justo que no este solo. Los mismos que por ahí se enojan porque no sabe jugar al fútbol o porwue juegan a los superheroes y todos quieren ser el hombre araña. Me doy cuenta de lo afortunada que soy con ese grupo. Donde existen los defectos como en todo grupo humano, pero todos ponen lo mejor de sí para criar a un buen grupo de personitas.

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  3. "Lo dejan en el pasillo para que no moleste". Que triste eso. Así que a nadie le interesa saber qué le pasa a ese chico. Me hiciste acordar a un compañero que Laura tenía en sala de tres en la otra escuela. Se llamaba Facundo y le decían Facu. El nene era todo lo violento que puede ser un chico de tres años y más. Era terrible. Golpeaba y pateaba a todos los chicos, a las chicas, e incluso a la maestra. Las chicas trataban de evitarlo. Los chicos no jugaban con él, solo peleaban con él. Toda la interacción que tenía con los demás era a través de los golpes. Casi no hablaba. Yo estaba dentro del aula porque aún estábamos en período de adaptación y Laura no podía soportar que yo me alejara de ella. A mi tampoco me caía bien ese nene. No podían entender como un chico de tres años podía ser tan violento. Hasta que conocí a la madre y hablando con ella empecé a juntar las piezas del rompecabezas. La madre era una piba muy joven, lo que me llevó a pensar que tal vez Facu vino de un embarazo no deseado. Ella se había separado del padre en muy malos términos por sus actos de violencia. Y ahí me empezó a caer la ficha. Facu pegaba porque eso era lo que veía en su casa, quizás desde bebé. El no conocía otra manera de comunicarse que no fuera a los golpes y las patadas. El nene aprendió lo que veía, quizás lo que para el era algo de todos los días. Me sentí muy triste cuando me di cuenta de eso. Yo no sé que habrá pasado con Facu. Lo que sí recuerdo es que la maestra le tenía una paciencia infinita. Lo retaba y después lo abrazaba y le daba besos. A todos los chicos los trataba igual. Espero que gracias a la paciencia que le demostraba la maestra, Facu haya podido aprender que existen otras maneras de comunicarse.

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