La revolución

16 ago. 2017

Cuando nació Lautaro además de convertirme en una víctima de las hormonas sentí que había dejado de pertenecer al mundo en que vivía y me adentré por completo en el universo infantil.  Vivía todo con la intensidad de un chico. Entendía todos los gestos, todos los dolores, la lucha desesperada por conseguir alimento, abrigo, cobijo de mamá y silencio.

Asumo que lo que me sucedió fue que retrocedí a las sensaciones de mi infancia. Pude volver a sentir como había sentido y como había dejado de sentir.

De algún modo crecer es aprender a regular nuestras pasiones desaforadas, nuestros impulsos primarios, nuestros caprichos extremos, para poder coexistir con los otros. O al menos, eso creo.

Recuerdo que los niños por la calle de pronto se me acercaban y me abrazaban. Los chiquitos en la plaza me pedían upa o que los ayudara con los juegos. No había bebé que no me sonriera. Evidentemente mi energía maternante estaba por completo en sintonía con la niñez. Y mi energía de niña estaba tan ahí, tan cerca, que veía y hasta podía oler el sufrimiento de los chicos por los más mínimos roces.

A pesar de la intensidad, ese mundo me parecía el único posible. El único que quería habitar. Por un momento pensé en quedarme a vivir ahí. El universo de los adultos me parecía estúpido, violento, insensato.

Y me quedé ahí mucho tiempo. Tal vez más del recomendado. Estaba segura. Había encontrado un buen lugar.

Mucho tiempo más tarde, no sé si dos años, tal vez un poco más, recuerdo que me empecé a sentir incómoda. Apretada, un poco ahogada. No entendí al principio qué era lo que me pasaba. Miraba a mi alrededor y no entendía las señales.

El ahogo era interno. Estaba dentro de un baúl imaginario que me empezaba a quedar chico. Lautaro estaba entrando en otra etapa de su desarrollo y yo evidentemente también.

Fue el momento de salir y volver a vivir en mi mundo. Ya no del mismo modo, claro. Ya nunca más con los mismos ojos, ni con los mismos sentimientos, pero sí encarnando mi lugar con mis cosas, con mis experiencias y con mi rol asumido.

Soy madre. Soy una mujer adulta. Fui niña alguna vez. Hice las paces con eso. Con lo que pasó y con lo que no pasó y era momento de seguir adelante.

La imagen de salir del baúl no es casual.

Hace un tiempo conté que en mi barrio, el barrio en donde me crié, vivía un chico con autismo que siempre estaba encerrado en su casa.

Me pregunto qué pasaba mucho antes de eso. No con él. Con la discapacidad en general. Con la enfermedad. Con las personas que nacen con algún tiempo de malformación. Con la gente que tiene un accidente y queda desfigurada. Con quienes nunca llegan a hablar. Con los que no ven.

¿Qué pasaba hace 100 años atrás con ellos?

¿Qué pasaba hace 40 años atrás con ellos? ¿Qué hacía la gente que compartía vida social con la discapacidad?

¿Qué pensaban? ¿Qué sentían?

¿Qué sentían las personas con discapacidad?

¿Qué sienten hoy?


Creo que hace un tiempo, no mucho, las personas con dificultades pudieron comenzar a hablar por ellas mismas. Aún las que no tienen voz. Aún las que no pueden gritar.
Creo que hace un tiempo, no mucho, comenzaron una revolución.

No fuimos nosotros. No fuimos los padres, los maestros, los terapeutas, las organizaciones, las leyes.

La fuerza viene al revés. Primero hay algo que irrumpe en la realidad tal como estaba y la desarma.

Y a partir de eso, todo debe reacomodarse.

Sospecho que cansados de ser tomados como una cosa, como un objeto, como un problema a resolver, como un castigo, como una existencia sagrada, como sujetos obligados a ser un ejemplo para todos. Cansados de padecer el doble discurso que los rodea, la hipocrecía de quienes debieran ocuparse por su bienestar de manera global, decidieron romper la tapa del baúl.

Y nos sacudieron a nosotros. A los padres, a los vecinos, a los amigos, a los burócratas, a los maestros, a los indiferentes, a los empáticos.

Nos empujaron, nos obligaron, nos mandaron al frente a dar una batalla.

Porque parece una exageración, pero no he conocido nada más parecido a una batalla que pelear todos los días por el reconocimiento de derechos, por la aplicación de leyes, por corregir la mala educación de quienes nos y los rodean, por explicar a quienes ignoran y educar a quienes injurian.

Fueron ellos. Son ellos y no nosotros quienes rompieron el sentido de las cosas tal y como estaban.

Cansados, hartos de ser llevados de acá para allá sin tener opinión ni voto al respecto.


Por supuesto que ustedes van a pensar que falta mucho.

Al mundo le falta mucho porque por alguna razón ha desaprendido que las cosas diferentes son parte de la naturaleza.

Vaya uno a saber qué nos pasó. Qué creíamos que podíamos hacer con la realidad. En qué cosas andaríamos pensando. Por qué nos perdimos. Por qué quedamos tan lejos de la vida real.


Durante mucho más tiempo del debido, hemos desechado la diferencia, aspirando a una igualdad que no nos perturbara, que pudiéramos manejar.


La diferencia es difícil. Cuesta muchísimo entenderla, tratarla, aceptarla, sostenerla.


Mi hijo, Lautaro, tan diferente, tan difícil de entender, tratar, sostener, aceptar, resulta ser un desafío constante que debo enfrentar. Todo el día de todos los días.


Debo acompañarlo porque él rompió la tapa de mi baúl. Del baúl del que no me hubiera gustado salir.


Me exige y me enfrenta todo el tiempo con una realidad furiosa, descontrolada.


Eso están haciendo los diferentes y se lo merecen. Por fin han podido empezar a romper cadenas. Las suyas y las nuestras. Las nuestras, en especial, para que nos sacudamos el polvo y gritemos con ellos y por ellos.


Nos están llevando hacia su liberación, hacia la realidad de la integración y de la aceptación de que la vida es como es.


Los cambios nunca son sencillos ni amables ni tranquilos.


Son a trompada limpia.

6 comentarios:

  1. Tan inteligente tus palabras como siempre.
    Nos sacudís las ideas!
    Es como resetear el chip!
    Un abrazo Cin!

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    1. Yo reseteo el chip escribiendo!!!! Beso Adri!!!

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  2. Sos increíble Cin.
    Cada palabra es la que siento yo.. luchando por los derechos e inclusion de mi hijo todos los dias. Gracias

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  3. Te leo, te sigo, no se lo que es estar en tus zapatos ni en lo de millones de personas que luchan día a día, pero estoy atenta. Lográs mostrar el mundo a través de esos ojos, desde adentro, de lo que sentiste y seguís sintiendo.
    Anoche comencé a ver una nueva serie de Netflix "Atypical", solo vi un primer capítulo, pero no termino de estar de acuerdo con el abordaje del tema. Creo que muestran una realidad demasiado simplista de un tema que me parece mucho más complejo. Ya sé, es una serie, tiene que vender, pero bueno... eso, que hay luchadores del día a día y personas que tratamos de ver como podemos ayudar en esa lucha.
    Abrazo y seguí escribiendo que te LEEMOS!

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    1. Gracias Gracias Gracias por leer. También empecé a ver Atypical. Te mando un abrazo fuerte!

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