La verdadera inclusión

13 jun. 2016

Leo en todos lados, en cualquier lado, que lo más importante con respecto a las discapacidades y su vínculo con la sociedad es la inclusión.
Bueno, es cierto, claro.
Las personas con discapacidad nunca serán iguales o tendrán los mismos recursos físicos/mentales que la mayoría de las personas sin discapacidad, pero sí tienen los mismos derechos.
Derecho a ser respetado, a ser tenido en cuenta, a ser auxiliado en caso de necesitarlo.
Derecho a respirar el mismo aire que los demás. Derecho a no ser maltratado, ignorado, dejado de lado.
Derecho a vivir.

Hay mucho por hacer de manera colectiva con respecto a la discapacidad. En el mundo, no sólo en Argentina.

Mucho por transitar, mucho por entender, mucho por qué luchar.

Esas proezas sólo pueden funcionar con la voluntad colectiva y con la implementación de variables reales, funcionales y efectivas por parte del Estado.

No voy a abordar ese tema ahora. No es mi momento.

Especialmente porque no creo en las soluciones colectivas si las voluntades individuales no están en sincronía.

Desde que vivo con la discapacidad de mi hijo, sólo puedo pensar en una cosa: no existe un modo diferente de relacionarse con la discapacidad al modo de relacionarse con la no discapacidad.

Dicho de otra forma: no hay una manera especial de relacionarse con un discapacitado.

Para aprender a relacionarse con alguien, no importa si tiene parálisis cerebral, obesidad, miopía o sólo habla de fútbol: hay que enfrentarse con uno mismo.

Con nuestros fracasos. Nuestras posibilidades y nuestras cosas negadas.

Ninguno de nosotros puede todo. Les juro. Ninguno de ustedes puede todo lo que quisiera.

Para poder tolerar al otro, al otro que no soy yo, primero debo tolerarme a mí mismo.

Integrar cada cosa que no puedo. Soportar que me salga algo mal. O todo.

¿Por cuántos fracasos tuyos podés perdonarte? ¿A cuántos culpaste por todo lo que no pudiste hacer o no podrás hacer jamás?

¿Cuánta miseria propia sos capaz de tolerar sin agredir a nadie? ¿Sin someter a alguien?

¿Te resulta posible entender que nadie jamás va a hacer ni decir ni actuar como vos quisieras que lo haga?

Si podemos ser honestos con nuestras miserias, aceptar que somos falibles, incapaces, incompletos, es probable que podamos tolerar las diferencias del otro.

Y si nos amigamos con ese monstruo imperfecto que somos, tal vez no tengamos que hacer diferencia entre ellos y nosotros. Entre los discapacitados y los que no tienen ninguna discapacidad.

Tolerar la existencia del otro sólo es posible cuando hacemos las paces con la nuestra.

6 comentarios:

  1. Es lamentable que para "entender" al otro, primero debamos "ser" el otro...

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    1. Gracias Silvi por leer! A mí me resulta mejor pensar que más que lamentable es necesario. Y que el momento de empatizar realmente es maravilloso :)

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  2. Reconocer nuestros propios monstruos y no convertir en monstruos a los otros. Nuestros monstruos... nuestros.

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    1. Eso. Nuestros nuestros nuestros. El otro que haga lo que pueda. Primero nosotros. Con eso ya tenemos bastante. Te quiero.

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  3. Y si, primero pasa por aceptarnos realmente a nosotros mismos, y después solo después, podemos aceptar al otro tal como es. Con y sin discapacidad. Que no tiene nada que ver con la aceptación.

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